sábado, 19 de junio de 2010

Una Vendimia en el Paraíso



“Durante todos los días que continúe la tierra, nunca cesarán siembra y cosecha.” (Génesis 8:22)

Ésa garantía de Jehová nos permite imaginar lo que serán los tiempos de siembra y siega en el Paraíso, cuando ya todo el esfuerzo y trabajo no se vea frustrado por el mal tiempo, ya sea sequía o inundación ni ninguna otra cosa que pueda privar al hombre poder ver el bien por todo su duro trabajo.
¿Se imaginan el tiempo en que, con la bendición de Jehová, podamos dar la bienvenida a los que vayan resucitando cada día? Esas dos cosas: el tiempo de la cosecha y la resurrección se narran bellamente en este relato...Vamos a disfrutar por anticipado de lo que sería:


UNA VENDIMIA EN EL PARAÍSO


Narración de algo que podría
acontecer un día cualquiera,
de una década cualquiera,
dentro del próximo milenio.

El sabio rey Salomón dijo aquellas palabras inspiradas que nunca dejarán de ser una verdad práctica: “La mejor cosa que yo he visto, la cual es bella, es que uno coma y beba y vea el bien por todo su duro trabajo...” (Eclesiastés 5: 18).

La vendimia cada año es una confirmación de esas palabras; es el triunfo de nuestro duro trabajo; es un estallido de alegría compartida; una ocasión para comer y beber juntos expresándole al Creador de la tierra nuestro gozo por lo que hemos logrado. Es verdad, cada uno tenemos nuestra porción de tierra asignada nuestro hogar y nuestra familia, pero el trabajo y el fruto es de todos. Hemos conservado el espíritu de comunidad que tenían las congregaciones antes del Armagedón y no sólo nos reunimos para estudiar sino también para compartir todas las cosas que requieren pluralidad de brazos.

En nuestra pequeña comunidad, cuando llega el tiempo de la cosecha, vamos de viñedo en viñedo hasta que el total del trabajo en la región se termina y luego gozamos de una fiesta en el último campo vendimiado.

Este año le tocó a la casa de José Fernández convertirse en un avispero de actividad para celebrar la culminación de nuestra labor de vendimia. Hemos decidido armar las mesas formando un gran semicírculo en el jardín del frente, bajo los árboles. La casa, acogedora y señorial, rodeada de una balaustrada de mármol blanco, tiene una amplia escalinata de entrada que ha de servir de plataforma. Todos tendrán a la vista el grupo de músicos que alegrará la fiesta y el acto artístico que se llevará a cabo después de la cena.

El verano está declinando. Sus tardes largas y serenas regalan nuestros ojos con deslumbrantes cuadros agrestes. La mirada se pierde entre los exuberantes viñedos y los huertos cargados de fruta. Tenemos muchas dalias con qué adornar las mesas, de todas las variedades y colores, y como símbolo de nuestra prosperidad, las veinte clases de uvas que se cultivan en la región.

Las mesas deben proveer lugar para más de doscientas personas porque desde muy temprano han estado llegando noticias de varios recién resucitados en la comunidad que vendrán con sus familiares a la fiesta. ¡Qué día especial para el comienzo de una nueva vida! Un clima de expectativa nos pone alas en los pies.

¡Cuánta belleza tiene nuestra sección del Paraíso restaurado! Sentimos la responsabilidad de cuidarla como antes sentíamos la de predicar el Reino. El viraje de la historia que borró todo rastro del mundo anterior convirtió el cultivo de la tierra en un deber conectado con la adoración del Creador. Por el camino que bordea las fincas están llegando los alegres grupos. Traen sus instrumentos musicales y manjares para la mesa. El jardín de los Fernández se va llenando de voces y risas, de rostros alegres y presencias cálidas. Hay momentos en que el gozo es tan profundo que humedece los ojos.

Al hacer la oración de gracias antes de la cena, el dueño de casa expresó el aprecio de todos por las buenas cosechas, evidencia de la bendición de Jehová. Agradeció a Dios que ningún trabajador se hubiera lastimado y nada lamentable causado por la imperfección humana, aún no dominada del todo, hubiera empañado nuestra alegría. Al oírlo decir eso nos sorprendimos, pues hacía tantos años que no sucedía algo así que ya estábamos dándolo por sentado, como si no pudiera suceder. También dio gracias a Dios por la felicidad de las familias que acababan de recibir a sus amados mediante el milagro de la resurrección.

Al tiempo de los postres se empezó a oír el rasguear de las guitarras y un anticipo de violines que se templaban. Luego, todos cantamos a coro fragmentos del Salmo 104 y, en ese marco, sus palabras tenían un realismo conmovedor. Como es ya tradicional en estas fiestas, se presentó como primicia una canción que los jóvenes compusieron a propósito para la ocasión. Sin duda se va a convertir en un éxito porque tiene una melodía que se pega al oído; con seguridad que mañana vamos a estar todos tarareándola durante nuestros quehaceres. Se titula “Vendimia Feliz”.

Después de un rato de entretenimiento musical, José Fernández pidió que subieran de a uno a la escalinata los nuevos miembros de la comunidad que acababan de llegar del Seol, que se presentaran por nombre y nos contaran algo de su vida en el viejo orden de cosas. Algunos de ellos no tenían mucho qué decir; habían vivido vidas comunes y habían muerto en una cama, víctimas de alguna enfermedad. Todos sin excepción expresaron su enorme gratitud a Jehová por la oportunidad de volver a vivir en un ambiente tan hermoso. El relato de un joven nos dejó mucho en qué pensar.

— Quiero pedirle algo a los músicos. Por favor, cuando yo termine de hablar, toquen alguna melodía muy alegre y déjenme bailar un poco.

— ¡Por ahí se deduce que fuiste buen bailarín! —gritó alguien desde la mesa.

— ¡Qué bueno si hubiera podido serlo! Pero es muy distinta mi historia. Empezaré desde el principio: Yo era un niño de diez años cuando un día los maestros de mi escuela anunciaron que nos llevarían a una excursión. Fuimos a un parque en una localidad distante para jugar al aire libre y recibir algunas nociones sobre la flora del país. Fue un día hermoso con un saldo triste. Cuando veníamos de vuelta, cantando mientras mirábamos la puesta del sol desde las ventanillas del tren, pasó algo de lo cual tengo sólo una vaga impresión.

Mis recuerdos más precisos parten desde un momento en que me recobré de un desmayo oyendo voces, gritos y quejidos. No podía incorporarme. Sentía mucho peso sobre mí; mis manos palpaban hierros y maderas en la densa oscuridad. Veía rayos de luz, como provenientes de linternas atravesando la confusa escena.

De pronto, la luz dio directamente sobre mi cara obligándome a parpadear. Una voz de hombre gritó: —aquí hay uno que está con vida—. Varios acudieron y empezaron a mover hierros. Por sus cascos reconocí que eran bomberos; sentí que dos brazos me alzaban. De la cintura para abajo mi cuerpo estaba sumido en un dolor indescriptible. Después de esto, otra vez no recuerdo nada. Recobré el sentido en la cama de un hospital.

Un médico bondadoso trató de ver cuánto recordaba del accidente y me hizo muchas preguntas. Me explicó que aquel tren había chocado con otro y que podía considerarme feliz de haber sido hallado con vida. Me di cuenta de que estaba atado a la cama por medio de una correa alrededor de mi cintura. El médico me dijo que me habían hecho una operación muy delicada en las piernas y que me habían atado porque ni en sueños debía tratar de bajarme de la cama, ya que podía arruinar los resultados.

Frecuentemente me quejaba de fuertes dolores en las piernas, y especialmente en los dedos de los pies. Cuando yo decía esto, los que estaban conmigo se miraban con una expresión difícil de definir, entre dolorida y asombrada. Al fin llegó el día en que me anunciaron que esa tarde mi padre me llevaría a casa. A la hora indicada, papá y el médico estaban junto a mi cama. Yo me sentía muy feliz, lleno de expectativa.

El médico me dijo tomándome una mano: —Luisito, antes de que te levantes para irte, tu padre tiene que decirte algo. Ahora nos vas a demostrar que eres un hombrecito y que sabes hacer frente a las cosas más difíciles de aceptar. Yo los miré azorado, sin saber qué esperar. Mi padre transpiraba y estaba pálido. Le costó empezar a hablar; dijo unas pocas palabras, después miró al médico y le rogó: —Siga usted, doctor.

Recién entonces supe que ya no tenía mis piernas. No podía creerlo porque estaba seguro de que las sentía y me dolían. El médico aflojó la correa alrededor de mi cintura para que pudiera incorporarme. Eché a un lado las frazadas y vi que mi cuerpo terminaba en dos muñones. El doctor me explicó que, como el cuerpo está hecho para tener piernas, los nervios, gobernados desde el cerebro, envían mensajes a las piernas como si existieran; por eso yo tenía la sensación de tenerlas y sentirlas. Naturalmente, todo cambió en mi vida.

Tuve que aprender a jugar con juegos de armar, a entretenerme con libros y a manejar un sillón de ruedas. Tuve que resignarme a la idea de que muchas cosas que los chicos emprendían y gozaban me estaban vedadas.

Algo que me trajo un gran consuelo fue el mensaje del Reino. Cuando mi madre empezó a estudiar la Biblia supe que había esperanza para mí. El Salón del Reino estaba a unas diez cuadras de mi casa y mi mamá iba conmigo, ayudándome con la silla de ruedas.

Cuando veía a los jóvenes emprendiendo el precursorado, cuántas veces me dije: — ¡Si yo tuviera mis piernas!

Esta mañana, cuando por la bondad inmerecida de Jehová, me hallé vivo de nuevo, cuando vi que tenía piernas, ustedes no pueden imaginar lo que sentí. No sé bailar, es algo que jamás hice. A lo más podré saltar como un perro cuando está contento, pero déjenme hacerlo para expresar mi alegría.

Porque tengo la impresión de que todo el gozo de mi corazón se me ha ido a las piernas y casi no puedo tenerlas quietas. Los músicos empezaron a desgranar las notas de un vals muy alegre. Luis saltó y brincó, y aplaudimos como si hubiera hecho el mejor número de ballet.

Después de él, otro joven subió a la improvisada plataforma y dijo:

—Hay un enorme contraste entre lo que estoy viendo y el último cuadro que guardaron mis ojos antes de cerrarse en la muerte. Como Luis, quiero contarles la historia desde el principio. Yo fui un niño feliz, que jamás se vio privado de nada. Mi padre era militar; admiraba su uniforme y deseaba ser como él. Insistía en que sólo quería juguetes bélicos, y papá me regalaba revólveres y ametralladoras pequeñas. Iba al dormitorio de mis padres y me extasiaba mirando el retrato de bodas de ellos. Mi madre, vestida de largo traje blanco, envuelta en tules, y mi padre, un joven teniente con uniforme de gala, aparecían bajo las espadas relucientes que levantaban a ambos lados sus compañeros, también uniformados. Yo soñaba delante de aquel retrato con el día en que, ya hombre, caminaría con una novia hermosa tomada de mi brazo, disfrutando de los mismos honores.

Convencido de mi vocación, mi padre me inscribió en el colegio militar y fui un alumno distinguido. No cabía dentro de mí cuando orgullosamente vestí mi primer uniforme de cadete. Pero, antes de que hubiera llegado el día en que pudiera llevar a mi novia del brazo, bajo las espadas alzadas en feliz augurio, sucedió lo que nunca creí que iba a suceder: la guerra estalló de veras. Un sentimiento terrible se despertó en mí. Comprendí que allí terminaba el juego y empezaba la realidad. Y lo peor era que, a pesar de todo lo que había estudiado sobre la guerra en teoría, no deseaba estar en ella. ¿Cobardía? ¡No! ¿Miedo a la muerte? ¡Tampoco! Era algo distinto, algo que me dolía en el fondo de la conciencia. Me preguntaba: ¿Tiene sentido la guerra? ¿Hay ganadores o solamente perdedores?

A medida que se acercaba el día de partir para el frente, la inquietud y el desorden aumentaban en mi mente. No sabiendo dónde hallar alivio fui a la iglesia y confesé al sacerdote mi verdadero estado mental. Él trató de consolarme con la antigua respuesta religiosa: “Morir por la patria es servir a Dios”. —Bien —le dije—, pero... ¿no murió Jesucristo para que todos seamos hermanos?

— ¡Claro! Pero no podemos ser todos hermanos aquí, sobre la tierra. Eso sucede cuando ya estamos en el cielo, porque allá no existen fronteras y para Dios somos todos iguales. Aquí en la tierra, los gobiernos y los límites existen, y eso también es por la voluntad de Dios. Él sabía, al disponer las cosas así en el mundo, que de vez en cuando los hombres tendrían que resolver sus problemas con la guerra y, más que nada, el gran problema que llega el momento en que sobra gente en la tierra. Entonces, la guerra es una forma de alivio que evita males mayores.

Sus palabras calmaron momentáneamente el volcán interior que estaba estallando en mí, pero estuvieron lejos de resolver mis dudas. El día en que debíamos salir para el frente un pastor protestante pidió permiso para repartir ejemplares de una edición de bolsillo de los cuatro Evangelios entre los soldados. El coronel anunció que, aunque la mayoría de nosotros éramos católicos, los que creyeran que les sería útil podían pasar adelante y solicitar un ejemplar. Yo acepté uno, siempre buscando con qué calmar aquella sed espiritual que era nueva en mí. El pastor me deseó bendiciones en mi abnegado sacrificio por la patria y me aseguró que la lectura de los Evangelios me iba a dar fuerzas.

Cuando estábamos en las trincheras varias veces abrí aquel pequeño libro al azar, en cualquier página. Pero ni las palabras ni los hechos de Jesús armonizaban con lo que estaba sucediendo a mi alrededor y yo tenía la sensación de entender las cosas cada vez menos.

Un día, un proyectil me alcanzó y estuve no sé cuánto tiempo tendido en el campo de batalla, sangrando de un costado. Cuando era niño, tenía una caja de zapatos llena de soldaditos de plomo para jugar a la guerra con los otros chicos. Colocábamos tantos de cada lado; luego cada uno daba un golpe al ejército contrario con el filo de la mano y contábamos las bajas. El que volteaba más soldados ganaba la batalla, y el que ganaba más batallas ganaba la guerra. En la guerra real es exactamente así. Ahora, mirando todo alrededor el campo sembrado de soldados muertos, los veía igual que mis soldaditos de plomo, muertos y fríos, aún aferrados a sus armas. Igual que los otros, habían caído también de un solo golpe, bajo el filo de la mano de la fatalidad.

Mi herida sangraba mucho y yo sentía que se me iba la vida. No pude menos que pensar en todo el engaño de mi vida vacía. Si ése era mi fin, ¿qué tenía a mi favor? ¿Qué había hecho de valor sobre la tierra? ¿Qué había hecho mi religión para enseñarme a servir a Dios? Recuerdo que, con mis últimas fuerzas, y llorando con tremenda amargura, le pedí a Dios perdón por la vanidad de mi vida, por no haberlo tenido a él en cuenta para nada y por haberme prestado a hacer un papel en la gran farsa del mundo. Aquella oración me tajo un poco de paz. Allí terminan mis recuerdos.

Esta mañana, cuando tuve la felicidad de volver a ver el rostro de mi madre, supe que aquella oración no había caído en el vacío. Ella me contó que el mensaje del Reino fue lo único que la consoló después de mi muerte y que, por haber llegado a ser parte del pueblo de Dios, estaba allí para recibirme. Al comprender que estaba de vuelta por el milagro de la resurrección, una de las primeras cosas que expresé fue mi deseo de no volver jamás a vestir un uniforme militar. La respuesta de mi madre fue muy reconfortante:

— Jorge, los soldados y los ejércitos ya no existen. Después de que terminó la gran guerra de Dios, todos los habitantes de la tierra nos dedicamos a limpiarla, juntando en montones las armas que habían quedado de las guerras humanas. En grandes fogatas se quemaron todos los vestigios del mundo que nos había oprimido. El viejo sistema que conociste se ha borrado sin dejar marcas ni huellas.

— Por eso al comenzar les dije que lo que tenía delante de mis ojos era tan diferente de mis últimos recuerdos. Al verlos a ustedes ante esta mesa, la paz tiene un sabor maravilloso para mí, como jamás lo tuvo cosa alguna sobre la tierra; y ahora, ruego a Dios que me enseñe a ser digno de ella y me permita disfrutarla junto a ustedes en el futuro eterno. Los ojos de todos lo siguieron cuando descendió y fue a ocupar su lugar en la mesa junto a su madre.


Quedaba una sola persona en el grupo de los resucitados que aún no había subido a la plataforma. Era una hermosa muchacha. Dijo su nombre y parecía que no sabía cómo continuar. Desde la mesa gritaban: “¡Que baile, que cante María Elena!”

— No sé bailar y no recuerdo ninguna canción que valga la pena cantar. Esta noche sólo quisiera quedarme en un rinconcito, mirando lo que ustedes hacen.

— No te apoques, muchacha —le decía José Fernández bondadosamente. Todos somos una gran familia y estamos muy contentos de tenerte entre nosotros. ¿Por qué te sientes cohibida?

— No me siento cohibida; es algo diferente. Sin duda van a comprender mejor cuando les diga que en mi vida anterior nunca tuve la felicidad de ver. Oía hablar de cielo azul y campos verdes, pero eso eran palabras nada más. Me enseñaron a sonreírle a la gente y me decían que el rostro humano es mucho más hermoso cuando sonríe. Palpando mi propia cara comprobaba que la sonrisa estira los labios, marca dos líneas a cada lado de la boca y redondea las mejillas, pero no podía entender por qué eso era hermoso. Hoy al verlos sonreír a ustedes, advierto que cada sonrisa tiene una belleza particular. Jamás imaginé que podía haber una variedad tan grande de gestos y expresiones. Yo nunca hacía gestos, pues al no verlos no sabía imitarlos. Es un idioma nuevo que tengo que aprender, y he estado todo el día fascinada, observando cómo el gesto acompaña a la palabra.

Hoy por fin entiendo lo que significan, cabalmente, distancia, profundidad y altura. Antes, esas cosas abarcaban sólo lo que alcanzaban mis brazos, o lo que alcanzaba mi bastón. Tengo la impresión de que mi vida anterior fue un túnel cerrado al cual no llegaba ninguna luz del exterior. Hoy estoy en el otro extremo; veo el milagro de la luz y el color y sé que estos nuevos ojos que Dios tuvo la bondad de darme, nunca se saciarán de ellos.

La música y las canciones continuaron hasta que los gallos de Fernández empezaron a intercambiar mensajes con los de las fincas vecinas. Pronto el gran semicírculo de la mesa estuvo desarmado. Los grupos se alejaron cantando y riendo, llevándose los últimos ecos de la fiesta. Había terminado otra vendimia.

Al repasarla mentalmente nos dábamos cuenta de que Luis nos había hecho más conscientes de la felicidad de movernos libremente sobre dos piernas sanas. Jorge nos había ayudado a reconocer mejor la bendición inefable de vivir en una paz sin amenazas. Verdaderamente, desde que el arcángel Miguel echó llave al abismo en que yace nuestro principal enemigo, no hemos tenido desgracias, ni epidemias, ni males irreparables, ni cataclismos, ni problemas sin solución; ni siquiera una cosecha perdida. Y esta noche, parecía que todos estábamos mirando la belleza del nuevo Paraíso con deslumbramiento, como la muchachita que recién estrenaba la luz de sus ojos.

¡Qué maravilloso es comprobar que ya no oímos los pasos siniestros de la muerte, que antes nos seguía de cerca! Ahora estamos oyendo los pasos firmes de la vida recorriendo la tierra, despertándolo todo, vigorizándolo todo. Esta noche límpida y serena de un verano que se desvanece, nos separamos pensando que, por la bondad de Jehová, el tiempo que se extiende hacia la eternidad será una sucesión interminable de vendimias felices, como lo expresa la canción que los muchachos compusieron especialmente para esta ocasión:


Vendimias felices,
benditas vendimias que no cesarán...
Jehová lo promete:
La siembra y la siega por siempre serán.



Álef Guímel

(Del libro “Una bolsa de sal y una sonrisa”)



4 comentarios:

Sara Elisa dijo...

Por ahora disfrutamos las vendimias del paraíso espiritual para recoger a los "frutos" que vivirán en este nuevo edén. Gracias Nancy por transportar nuestras mentes a ese tiempo donde toda la tierra será un paraíso terrestre. Yo me dedicaré a sembrar mucho, me encanta la tierra, quiero tener un terrenito con mis propias lechugas, pepinos y berenjenas. ¿Qué te gustaría sembrar?
Nos vemos pronto allí :D

carmenma dijo...

Es muy lindo hermana Nancy, la verdad lo necesitamos porque a veces por los problemas o la propia imperfección no resulta fácil fijar la vista en el premio que nos espera...Conmueve mucho el relato, lo compartiré con mi familia...Imagínese!!! Toda expectativa que tengamos se verá resuelta, nada de estos dolores y las lágrimas serán solamente de dicha!! Nos conoceremos allá porque las fronteras no existirán!!! Espero que ustedes se encuentren bien en lo que cabe y que Jehová les cuide siempre, más en lo espiritual...Abrazos...

aranku dijo...

Querida Nancy!! cuanto anhelo ese hermoso dia,quiero ir al encuentro de mi madre y estrecharnos las dos en el mas fuerte abrazo que alla echo en mi vida! abrasarla y no soltarla jamas!!!cuanto la necesito!!! tambien espero a Fabian,mi hermano,aunque no se dedico a Jehova,en sus ultimos dias, con lagrimas,los dos prometimos juntos esperar a mama,alli,cuando la tierra sea el mas hermoso y soñado paraiso...verdad ,Nancy,que Lira estara entre aquellos que esperaremos y le contaremos como sus bellas historias y poemas nos transportaron mas de una vez al paraiso,y nos ayudaron a aferrarnos a nuestra fe?...gracias amiga por hacerme recordar esta bella historia...aguanta un poco mas,se fuerte...amiga!!!besos y cariños...kary.

Anónimo dijo...

gracias hermana por hacerme vivir unos momentos lo que nos espera si aguantamos hasta el fin . por que el mundo en que hoy vivimos es muy diferente lo cual si no nos mantenemos firmes rapido nos enreda, pero gracias a estas palabras, me siento con mas ganas de seguir, sabiendo que tengo un gran compromiso, ayudar a mi familia a que acepten a Jehova ya que hasta el dia de hoy solo yo pertenesco ala organizacion pero espero en jehova que algun dia se me conceda la ilusion de ver a mis familia carnal entre mis familia espiritual, gracias y que JEHOVA te vendiga siempre.